Del campamento al barrio: el proyecto de Un Techo para Chile costará US$ 250 millones
Lucy Traihuel (51 años) vivió en el campamento Parcela 14 de Renca por más de 30 años. Aunque en varias oportunidades intentó, junto a sus vecinos, acceder a un subsidio para una vivienda definitiva, nunca le fue bien.
Pero hace dos años su suerte empezó a cambiar. Con la ayuda de Un Techo para Chile, de a poco se fue entusiasmando con la idea de cambiarse de casa. Y aunque le da pena dejar la casa donde vivió durante más de 15 años junto a su hijo Rafael y que le costó tanto construir, está ilusionada con la nueva etapa que empieza. “La nueva casa es calentita. Acá pasábamos mucho frío en el invierno. Se colaba el viento por todas partes”, cuenta Lucy mientras carga en su “yegüita” (carro) uno de los últimos muebles que le queda por llevar.
Está feliz y se le nota en la cara porque detrás del cambio está el esfuerzo de años. En juntar los $400 mil que ella debía aportar para su nueva casa en el condominio “Sueño Realizado” que queda cruzando la calle del campamento, se demoró unos siete años. “Soy súper ordenada para los gastos”, asegura. Y por eso mismo no está preocupada por el nuevo desafío que tendrá mes a mes: pagar cuentas. Vendiendo ropa usada en la feria, lavando y planchando ropa y haciendo aseo, Lucy espera juntar la plata que necesita. Además, ya piensa en los arreglos que le hará a su casa de tres pisos: primero quiere terminar el segundo piso que calcula le costará unos $130 mil y después ponerle baldosa al piso.
El proyecto
La idea de Un Techo para Chile es sacar de campamentos a 10 mil familias. Hasta ahora han entregado unas 500 viviendas definitivas y a fin de año llegarán a las 1.244. Cada casa que entregan tiene 46 m2 en promedio, pero es ampliable hasta los 70 m2.
En esta nueva iniciativa la ayuda estatal es fundamental ya que de ahí provienen la mayor parte de los recursos. En subsidios el Estado aportará unos US$ 210 millones.
“Cuando se permitió a las personas de campamento tener acceso a subsidio sin deuda, eso nos obligó a pensar y a vivir un proceso de madurez como institución. Antes sólo podíamos pensar en cómo hacer más digna la vida en los campamentos, pero ahí decidimos seguir trabajando en campamentos, pero con una mirada en la vivienda definitiva”, cuenta Anita Holuigue, presidenta del consejo directivo de Un Techo para Chile.
De esta organización hoy depende la búsqueda de los recursos necesarios para hacer algunas mejoras a las viviendas y también la intermediación frente al Estado. Pero además de postular y conseguir el subsidio, acompañan a las familias, las hacen participar y les terminan entregando la casa con la que siempre soñaron.
Pero para lograr esto han debido crear una verdadera “empresa” en la que profesionales como ingenieros y arquitectos trabajan junto a los voluntarios que siguen ayudando a la organización. “Hoy hay un grupo de jóvenes que son capaces de gestionar 10 mil viviendas definitivas y manejar subsidios. Somos la inmobiliaria social más grande del país”, asegura Juan Pedro Pinochet, gerente general de Un Techo para Chile.
Trabajo paulatino
El trabajo para erradicar los campamentos se inicia años antes de que la familia reciba las llaves de su casa. Primero conforman una mesa de trabajo y comienza la labor de los voluntarios. Los profesionales gestionan el proyecto y la postulación a los subsidios del Estado. Por cada cuatro proyectos hay un coordinador técnico y un coordinador social que se preocupa de las necesidades de cada familia. “Las casas que entrega el Ministerio es vivienda progresiva. Entregan el exterior sin las divisiones internas. Lo que nosotros hacemos es hacer las divisiones y se le hace mejoramientos junto a las familias”, cuenta Anita Holuigue.
Además, para que las familias se sientan más comprometidas, les piden que hagan un aporte voluntario de 20 UF. La idea es que así le den más valor a la casa y se acostumbren a ordenar los gastos porque después van a tener que pagar las cuentas de agua, luz y gas, por primera vez.
Casa con baldosa, agua potable y baño
Araceli Muñoz llegó a su nueva casa después de vivir 12 años en el campamento junto a su marido y sus dos hijos. Para arreglar su casa se “encalilló” con su suegra, pero ya tiene casi toda la deuda pagada. Junto a su marido puso las baldosas del suelo, barnizó las murallas de ladrillo e hizo las divisiones del segundo piso.
Sentada en el comedor de su casa, cuenta que los cambios son muchos: tiene agua potable y baño. Además, dice que no suelta las llaves de la puerta principal. Nunca había tenido llaves y le da miedo perderlas
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